El Desierto: La austeridad energética

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Notas sobre nuestro retiro anual en el Sahara

Vivir el desierto es una experiencia de inagotables sentidos. Para todos los que hemos realizado este viaje de retiro anual, algo ocurre en lo más profundo de nuestra consciencia. La vida ya no puede seguir siendo la misma.

Entre las muchas enseñanzas el desierto nos revela las leyes de la autonomía y del compartir consciente. Dentro de las costumbres más arraigadas de sus habitantes Amazigh (“hombres libres” como se auto denominan las tribus del Sahara) está la de ser excelentes anfitriones con los amigos, con los extraños e incluso con enemigos. Dentro de esta función de hospitalidad los habitantes del desierto aseguran la supervivencia. Dejar a una persona fuera de esta costumbre puede significar la muerte en un medio tan adverso como este.

En el fondo vivimos en una suerte de desierto actualmente. La competitividad en el hombre occidental como sistema basal de creencia, es el programa que nos hunde en una percepción de aislamiento emocional. Creemos que estamos solos en el mundo. Aunque rodeados de familiares, amigos, compañeros de trabajo, a veces se cuela esa sensación de vivir en un desierto, preservando como el agua, nuestra energía emocional. Las relaciones se vuelven frías y esporádicas, como si hubiera una noción de pérdida inminente que no nos permite entregarnos al otro con toda la fuerza de la vida. Traumas de relaciones anteriores y el miedo al abandono no hacen más que abonar esta sensación de desierto para el corazón. Un desierto de carencias emocionales.

Un desierto es un vacío. Tal es la apariencia que se nos muestra al ver un océano infinito de arenas en una foto del desierto.

Aquellos que hemos ido a este mundo de arenas naranjas podemos ser testigos de un hermoso milagro. Ahí en medio de este aparente páramo la vida surge con una inusitada fuerza. Zorros, roedores, extraños y pequeños reptiles, los “peces del desierto” que saltan y se sumergen en las arenas como sardinas en el mar; escarabajos que pululan en las carreteras que abanica el viento, y el constante ir y venir de caravanas de hombres y mujeres en sus actividades, todo nos muestra un mar de vida que aparecen desapercibidas para el ojo occidental. Todo es vida bullente y sus gentes vibran en ese mismo flujo. Hombres y mujeres de pocas palabras y de gestos austeros. Listos a celebrar, bailar y cantar en cualquier momento, como la fuente de aguas subterráneas que quiere salir inesperadamente celebrando la vida. Sus caras son el reflejo del esfuerzo de una vida llena de historias, invasiones, esfuerzos.  Y también de amistades que se forjan bajo el manto estrellado, en una fogata con aroma al té verde y la menta.

Qué nos enseñan estos hombres libres?

Primero a preservar la energía. Conservar el ciclo de energía individual. Ser conscientes de nuestro metro cuadrado, de nuestras emociones y nuestras palabras. Ahí en el escenario de las dunas, romper el silencio del paisaje es un acto significativo. La palabra y su promesa vale más que el papel y su tinta firmada. Tus actos son observados por los ojos de todos como si se tratase de una consciencia grupal. La percepción de uno mismo es fundamental.

Lentamente dejamos la bulla de la mente en pasado/futuro permanente para adentrarnos a los misterios del ahora. Y entonces ocurre el milagro.

Comenzamos a percibir nuestro campo energético. Sentimos su fluir que sale desde nuestro corazón, se expresa en nuestro hacer y se hunde de nuevo en nuestra reflexión de lo hecho. Este es el ciclo de conservación de la energía individual. Soy el reflejo de lo que siento sobre el mundo. Esta es mi auto responsabilidad perceptiva. Como un toroide veo como mis pensamientos/energía se transforman en actos y sincronías/partícula en esta pantalla naranja de arenas.

Esta es la consciencia micro cósmica. Aprendemos entonces que sólo soy un flujo de sentimientos/pensamientos que se reflejan en las acciones. Y la repercusión de las mismas, que llamamos realidad, nos impulsan a reflexionar sobre las mismas. Una fuerza electromagnética toroidal que nos impulsa a expresarnos fuera de nuestro sentir y nos hace retroalimentarnos en nuestro reflexionar, como una fuerza gravitacional que nos profundiza hacia el corazón nuevamente.

Este es el ciclo de retroalimentación toroidal. Lo realizamos cada nanosegundo pero no nos percatamos de su flujo. Cuando estas en ese silencio puedes abrirte a percibir este fluir.

Yo soy la auto responsabilidad perceptiva y desde ahí puedo compartir la energía.

La segunda gran lección del desierto es cómo compartir esta energía. La consciencia de retribución o el ciclo toroidal de manifestación co-creativa. ¿Qué doy a la vida o qué quiere la vida de mi? ¿Qué quiero de la vida? ¿Qué me da la vida? El ciclo de aprendizaje. En las arenas del desierto soy responsable de mi energía. Nada sobra, nada falta, soy la austeridad energética. No hay desperdicios, ni adornos. Sólo llevo conmigo lo significativo. Sólo acarreo lo que Soy, mis símbolos. Me hago cargo de mi.

Desde esta austeridad energética aprendo a compartir lo que soy. Mi servir consciente ayuda a preservar la vida del otro, tanto cuanto el otro me lo pida. Las “atenciones” que brindo al otro salvan mi vida en el desierto. Mi hospitalidad viene de mi austeridad, se hasta dónde compartir y cómo compartir, sin producir dependencia. En el desierto cada gesto es económico y necesario. Sin desperdicios, sin prisas, doy lo que soy. Soy el viaje y el viajero. Soy consciente de lo que hago aquí.


Juan Pablo Uribe

Director Escuela BioSíntesis

 

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos”

                                                                                                                  Fernando Pesoa